Discurso de asunción
Asumo el cargo de Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, para el cual fui elegido por unanimidad de los votos emitidos por los señores Consejeros. En la sesión especial del Consejo Directivo que realizó esa elección expresé mi agradecimiento a sus miembros; hoy quiero reiterarlo y extenderlo a todos los integrantes de la comunidad de profesores, alumnos y graduados a quienes ellos representaron en ese acto. Naturalmente, la designación me enorgullece. Desde que entré en esta casa por primera vez, cuando concluí el bachillerato en el Colegio Nacional Mariano Moreno, he tenido con ella un muy largo e ininterrumpido romance académico, porque en ella estudié y me recibí, en ella me desempeñé como ayudante alumno, cursé la carrera docente, soy profesor. La Universidad pública hizo posible que fuera abogado, me abrió el camino para ser, tiene un fuerte crédito en mi vida, y ahora desde este Decanato estoy dispuesto a seguir devolviéndoselo. La Universidad de Buenos Aires, conforme a su Estatuto, y en su carácter propio de centro de estudios y de enseñanza superior, tiene como fines promover, difundir y preservar la cultura, en contacto directo y permanente con el pensamiento universal y con particular atención de los problemas argentinos, a los cuales encara mediante estudios humanistas e investigación científica y tecnológica, exponiendo objetivamente sus conclusiones. Difunde las ideas y las conquistas de la ciencia mediante la enseñanza y los diversos medios de comunicación de los conocimientos. Procura la formación integral y armónica de sus componentes, así como infundir en ellos el espíritu de rectitud moral y de responsabilidad cívica. Forma investigadores, profesionales y profesores, socialmente eficaces y dispuestos a servir al país. Con prescindencia en materia ideológica, política o religiosa, asegura dentro de su recinto la más amplia libertad de investigación y de expresión, y estudia científicamente los problemas sociales, políticos e ideológicos. Encauza a los graduados en la enseñanza y en las tareas de investigación y, a través de ellas, estrecha su relación con la sociedad. Difunde los beneficios de su acción cultural y social directa mediante la extensión universitaria. Quienes hemos egresado de la Universidad de Buenos Aires nos enorgullecemos de que cuatro de sus profesores recibieran el Premio Nobel, me refiero a Carlos Saavedra Lamas, Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir y César Milstein. Y de que otro Premio Nobel, Adolfo Pérez Esquivel, haya sido su alumno. La Universidad de Buenos Aires se aloja en la entraña de la sociedad argentina. Pública, democrática, abierta, pluralista y gratuita, fue motor principal de las transformaciones que hicieron de una sociedad de inmigrantes una sociedad de argentinos, hijos y nietos de aquéllos, quienes, al tiempo en que sus mayores asentaban sus raíces y cumplían la esperanza de la tierra prometida, estaban insuflados por el pensamiento de Sarmiento, y por lo tanto tenían conciencia de que el éxito económico no hace una nación sino una factoría, porque una nación se hace con educación y con cultura. Con esa perspectiva, nuestra Universidad contribuyó relevantemente a formar la Nación. Fundada, como todos sabemos, el 12 de agosto de 1821, hacia 1858 organizó sus facultades. En 1863 creó el Colegio Nacional de Buenos Aires. En 1881 fue nacionalizada. En 1883 recibió la dirección técnica del Hospital de Clínicas. En 1886 fue aprobado su Estatuto Universitario, que reconoció -entre otras-, a la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. El escenario del hábitat de nuestra Universidad en esos tiempos puede ser revivido con la lectura de la novela La Gran Aldea de Lucio Vicente López, que toma como punto de arranque la batalla de Pavón librada el 17 de setiembre de 1861, comprende las presidencias de Mitre y de Sarmiento, y describe el paso de la Ciudad de Buenos Aires, "patriota, semisencilla, semitendera, semicurial y semialdea", a la urbe "con pretensiones europeas". A compás con la sociedad argentina, como siempre hija de sus tiempos, nuestra Universidad está inmersa ahora en una situación extremadamente crítica, seguramente una de las de mayor gravedad por la que hemos atravesado quienes tenemos memoria viviente. Estoy convencido de que es el fruto corrupto de la globalización que ha irrumpido desde la década de los años '90. El economicismo que orientó los últimos tiempos pasó por alto las necesarias distinciones entre crecimiento, desarrollo y progreso. El crecimiento implica un incremento del producto real a lo largo del tiempo. El desarrollo resulta de una comparación entre el rendimiento económico de la sociedad y sus posibilidades económicas, entre la producción y la frontera de producción. El progreso económico, en cambio -con palabras del ex Rector de la Universidad de Buenos Aires, el profesor Julio Olivera-, "entraña un juicio de valor: es el tránsito de un estado de la economía a otro que se juzga más satisfactorio", y "representa el avance en una dirección que se considera positiva", puesto que "en última instancia el grado de desarrollo económico es un dato estadístico, pero el progreso económico pertenece a los dominios de la axiología", y tiene como meridiano la que ha sido denominada su dimensión moral. La globalización, desentendida del progreso en este sentido axiológico, con el dogma de la economía de mercado y el lema de la eficiencia, y conducida por aprendices de brujos, en la década de los años '90 ignoró irresponsablemente lo que los economistas modernos denominan proteccionismo preventivo. Argentina fue arrojada, sin paracaídas, en el sistema perverso en el que la competencia internacional se transforma "en lucha de consorcios integrados en redes comerciales-productivas de alcance mundial que buscan el control a largo plazo de los mercados", y en el que las empresas transnacionales "son los principales agentes que realizan los cambios", determinando que la soberanía estatal sea cada vez más sólo una expresión formal (Calderón Ortiz). Padecemos las consecuencias en los tuétanos: marginalidad, pobreza, exclusión, desesperanza. Se avizora un futuro, como advierte Jeremy Rifkin, "cada vez más violento, un mundo poblado por momentos de orden y temporales de ruido y confusión", resultado seguro de ignorar la enseñanza de la Epístola de Santiago (3.18) de que la paz es fruto de la justicia o, lo que es lo mismo, que sin justicia no hay paz. Con una economía amoral, sin una ética de la solidaridad, sin justicia en la distribución, la libertad de comercio sólo sirve para que unos pocos acumulen impúdicamente demasiada riqueza, provocando la exclusión de la mayoría; se trata de la que el Grupo de Lisboa que dirige Riccardo Petrella denomina economía de Madonna, que tiene el aspecto de un gran circo mundial que presenta el mismo espectáculo en todos lados, aunque no todos hayan sido invitados a participar en él. En el contexto nacional también se padece una seria crisis del Estado de Derecho, pues sobresalen los perfiles de la inseguridad jurídica y del descreimiento de la ciudadanía en la administración de justicia. Tenía razón Recaséns Siches cuando decía que sin seguridad jurídica no hay derecho, ni bueno, ni malo, ni de ninguna clase, por lo cual en la Argentina actual no existe el derecho. Ni la gente cree en la Justicia: vengo diciendo, y lo repito ahora, que un prerrequisito para la eficacia de las instituciones es que la gente crea en ellas, y la gente descree de la Corte Suprema de Justicia. Su desprestigio, cualquiera sea su causa, se derrama sobre la confiabilidad de todo el sistema judicial. En el contexto de situación en el que están precisadas a desenvolverse las actividades de la Universidad y de la Facultad, ningún universitario puede adoptar la actitud evasiva de actuar como si estuviera tomando el té en los salones del Titanic, porque hoy los argentinos nos vemos peleando por un espacio en algún bote en medio del naufragio. Es tiempo de fuerte compromiso con la realidad y es, por lo tanto, tiempo de firmes exigencias para los hombres de derecho, de debates en profundidad sobre las vinculaciones entre el Derecho, el Estado, la Economía y el Hombre, de análisis críticos y de consiguientes propuestas de soluciones. A tal fin es menester contar con el auxilio de una teoría general, que -como quiere Malloy- ajuste el enfoque para dar solución adecuada a la tensión de intereses "entre lo individual, la comunidad y el Estado", asumiendo la relevancia de establecer "qué significa un ser humano", o "qué significa ser una persona y participar en una comunidad dada", sin perder de vista en momento alguno la enseñanza del Digesto (1, 5, 2) de que "todo derecho ha sido constituido por causa de los hombres". Argentina, que desde años atrás viene superando a duras penas los concursos preventivos que implicaron las sucesivas leyes de emergencia económica, ha declarado su autoquiebra, y es muy probable que, invocando la escasez de los recursos, los políticos privilegien otras erogaciones presupuestarias y denigren al presupuesto universitario o a su ejecución. Como decía mi maestro, el Profesor Luis María Boffi Boggero, así como la luz implica a la sombra, a las fuerzas del progreso se les oponen las fuerzas del regreso, y éstas están siempre activas o al acecho. Defenderemos el dogma de la gratuidad, porque ha sido factor de igualación social, pero al mismo tiempo aguzaremos el ingenio para obtener fuentes alternativas de recursos que se agreguen a las que ya se emplean en la Facultad. Estoy seguro de que, revitalizando la noción de pertenencia, obtendremos contribuciones económicas de quienes se recibieron en esta casa; y procuraremos convencer de que la apoyen a quienes habitualmente hacen mecenazgo con otras instituciones, en mérito al alto prestigio de nuestra Facultad, al talento que acopia y a su formidable potencia creativa. Además de la globalización son propios de estos tiempos el boom tecnológico con su secuela, el denominado Derecho de las nuevas tecnologías, en especial la biotecnología y la informática; el cyberespacio; el derecho del ambiente; los derechos del consumidor de productos y de servicios; la concurrencia; las patentes. A todos deberemos atenderlos. Un gran desafío, quizás el mayor desafío para los docentes universitarios, es la masividad del claustro estudiantil. Nunca la he aceptado como argumento para disminuir la calidad de la enseñanza. Somos profesores en una Universidad masiva, lo somos porque hemos aspirado por decisión propia a incorporarnos a su claustro docente, y debemos mostrar la capacidad necesaria para obtener un buen producto académico en las circunstancias que se dan como dato inexorable de la realidad. Para lograrlo es menester no limitar la enseñanza del Derecho a lo que dispone una ley, interpreta un autor o decide una sentencia. No se trata de enseñar sólo el qué, pues el compromiso central es adentrarse en el por qué y en el para qué. Vale decir, en las causas y en los efectos, en llevar adelante la tarea de orientar conductas éticas, de formar cabezas inteligentes. De cumplir, en fin, la misión universitaria, instando a pensar, con estimativa lógica y moral, en libertad y con libertad. A tal efecto voy a proponer al Consejo Directivo la reorganización total de la formación docente, para recuperar los altos niveles que tuvo en algún tiempo pretérito. Un replanteo de la carrera docente, que se inicie con ayudantes alumnos, que privilegie la calidad y sea evaluada por jurados formales, y que sea efectivamente computada como antecedente relevante en los concursos de profesores. La articulación adecuada de cursos necesarios para avanzar en ella. Voy a proponer la actualización del plan de estudios, para corregir errores en las correlatividades y para atender las trascendentes novedades tecnológicas, económicas y culturales que se han producido en sus 15 años de vigencia y que no están abarcadas por las materias que hoy comprende. Requeriré a los Departamentos que sugieran asignaturas del Ciclo Profesional Orientado adecuadas a su propósito y mediante las cuales sean captados, momento a momento, los cambios de circunstancias. Esa actualización no será traumática, ni causará trastorno alguno a los alumnos. Voy a solicitar a los Departamentos que adecuen los programas de enseñanza a la realidad, y que los colegas profesores los sinceremos expurgándolos de los resabios de enciclopedismo que tienen algunos de ellos para privilegiar los temas nucleares, de modo que puedan ser desarrollados en el tiempo asignado, con la consigna docente de formar al estudiante antes bien que informarlo. Voy a estimular la suscripción de convenios de intercambio como los que han sido celebrados con las mejores Universidades del mundo, que encomiendan sus alumnos a nuestros profesores, y les reconocen créditos por los estudios cursados aquí en las mismas condiciones que si hubieran sido realizados en ellas. Le he encargado a la Señora Vicedecana doctora Mónica Pinto que lleve adelante esta tarea, que ha realizado hasta ahora con especial mérito en su anterior carácter de Secretaria Académica. Seguiré el empeño de optimización del servicio de la biblioteca, como eje imprescindible para la calidad del aprendizaje y para la realización de investigaciones. Profundizaré el sistema de becas para alumnos brillantes que constituyen nuestro orgullo, con un régimen transparente de asignación que privilegie a quienes las necesiten por sus carencias económicas. Voy a poner acento especial en la investigación, apoyando y repotenciando al Instituto de Investigaciones Jurídicas doctor Ambrosio L. Gioja. También voy a poner el acento en el Doctorado, que felizmente ha vuelto a funcionar en nuestra Facultad. Voy a llevar adelante la tarea de postgrado, en maestrías, en carreras de especialización, en programas de actualización y en cursos independientes, acentuando los de carácter internacional, y atendiendo en especial a los cambiantes requerimientos profesionales. Una cuestión que con toda seguridad agitará a la opinión pública en tiempos inmediatos es la de la denominada habilitación profesional. Me he pronunciado públicamente en contra de ella, por considerar materialmente inviable realizar los exámenes necesarios de manera responsable. Considero que el diploma universitario es suficiente para el ejercicio profesional de la abogacía, pero existe la alternativa disponible de un sistema en el cual se exija al abogado que asista a cursos calificados, con cierta carga horaria anual y, en tal caso, el postgrado de nuestra Facultad ofrecería la mejor opción para llevarlos a cabo. Voy a poner la telemática en acción para el grado y para el postgrado. Utilizaremos crecientemente nuestra Aula Virtual, mejoraremos la página web de la Facultad, habilitaremos una página para cada cátedra y una dirección de e-mail para cada profesor, pondremos en el cyberespacio clases dictadas por los profesores que los alumnos podrán seguir desde sus casas, pediremos a cada cátedra que designe un tutor para atender mediante Internet los requerimientos de los alumnos. Potenciaremos el empleo de la informática en el postgrado, incluso con desarrollos a distancia para atender a los cursantes del interior del país y del extranjero. Voy a hacer los mayores esfuerzos por mejorar la enseñanza de la práctica profesional. Desde 1923 nuestro Consultorio Jurídico Gratuito está eficazmente al servicio de la comunidad, pero no siempre puede satisfacer las necesidades curriculares de los estudiantes. También está al servicio de la comunidad la muy importante actividad de extensión universitaria, a la que procuraremos ampliar significativamente. En fin, voy a cumplir y a hacer cumplir cabalmente el Estatuto Universitario, y voy a atender especialmente lo que resulta de la Encuesta de calidad de la enseñanza realizada en el año 2000 con la asistencia técnica de la UNESCO. Esa encuesta perfila, con suficiente nitidez, el estado de situación de nuestra Facultad desde las perspectivas de los profesores y de los estudiantes. Llevaré adelante el Proyecto Digesto Jurídico Argentino, y no bien el Estado Nacional cumpla sus compromisos contractuales y libere los fondos que pertenecen a la Facultad, se encarará la tarea de procesar académicamente las bases de datos ya confeccionadas con la legislación no derogada explícitamente. Al final, nuestra Facultad habrá realizado la trascendental tarea de que todas las leyes de Argentina puedan estar contenidas en una sola ley. En muchos aspectos seguiremos haciendo. En otros, encararemos proyectos nuevos. La tarea será facilitada porque recibimos una Facultad ordenada y organizada, con su claustro de profesores designado mediante concursos con Jurados de alto nivel académico, varios de los cuales han venido a acompañarnos esta noche. Es mérito de la gestión encabezada por el Decano Andrés José D'Alessio, y es justicia brindarle reconocimiento público por haberla llevado a cabo. Para concluir, les pido a los compañeros del Consejo Directivo que encontremos las coincidencias en las grandes líneas de pensamiento y las convirtamos en verbos de acción conjugados en la primera persona del plural. Le pido al equipo de gestión que me acompañe actuando con el empeño y el mérito con que lo ha hecho hasta ahora. Les pido a todos que piensen nuestra Facultad y propongan proyectos para mejorar su desempeño, porque es de toda evidencia que la inteligencia de los muchos miles de integrantes de los claustros tiene la potencialidad necesaria para generar ideas superiores a las que provengan de la cabeza de un decano o de 32 consejeros. Les pido a los colegas profesores que enaltezcamos la vocación que nos determinó a lograr el privilegio de ser docentes, y hagamos algo más; por poco que fuera, producirá un cambio cualitativo formidable en nuestro desempeño colectivo. Les pido a los estudiantes que aviven el fuego de sus vocaciones y se propongan obtener resultados óptimos en su aprendizaje; siempre les he dicho, ante la reiterada queja de que somos demasiados abogados, que hay espacio para los mejores, que los mejores triunfan, y que es preciso estar entre los mejores para triunfar. Les pido a los graduados que sigan en la Facultad si ya están en ella y, en todo caso, que vuelvan, para actualizarse permanentemente y para iniciarse en la noble misión de la docencia. Le pido al personal no docente que continúe dando a mi gestión el apoyo que ha brindado hasta ahora al Decanato, porque todos debemos ser partícipes del mismo empeño elevado. Voy a trabajar con pluralismo, con todos, entre todos y para todos. Por la Universidad de Buenos Aires, por nuestra Facultad de Derecho, por la sociedad que nos tiene a los universitarios como referentes, por la gente que necesita creer, por contribuir en cuanto esté en nuestra esfera de acción a que tengamos por fin la Argentina que está pendiente. Seguramente se acercan tiempos de un nuevo contrato social entre los argentinos, y en su confección nuestra Facultad deberá ser actora principal. Agradezco cordialmente a quienes hoy están aquí, en especial a quienes trajeron altas representaciones, a los rectores y decanos de otras universidades y facultades, a los profesores amigos que se trasladaron desde el extranjero y desde el interior del país. Y como lo hice al concluir el discurso con el que acepté la designación como doctor honoris causa con que me honró el año pasado la Universidad de la República de Uruguay, digo hoy también que la utopía es propia del quehacer universitario en el marco paradigmático del idealismo. Con palabras de Eduardo Galeano, "La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Para qué sirve la utopía?. Para eso sirve: para seguir caminando..." Vayamos tras la utopía. Caminemos, que ésa es la consigna. Hagámoslo con en-theos, con Dios adentro, con entusiasmo y con esperanza, porque -ahora cito a Lao Tsé- un camino de mil millas se inicia con el primer paso.
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